Guitarreros

En las agitadas jornadas preliminares del día del niño, me dispuse, como cada año, a comprar los regalos para mis hijas.
En función de las claras inclinaciones musicales de una de mis niñas, decidimos con mi esposa regalarle en esta oportunidad un obsequio aparentemente simple, una guitarra criolla.
A poco de averiguar, encontramos que existe una “zona musical” en la ciudad de Buenos Aires. La misma está en las adyacencias del complejo teatral “La Plaza”. En unas cuatro o cinco cuadras se han instalado una gran cantidad de comercios dedicados a la comercialización de todo tipo de instrumentos musicales, así que bien temprano en la mañana me dirigí a la zona en cuestión para cumplir mi cometido: comprar una guitarra criolla para mi hija Zoe.
Lo que ocurrió a continuación constituyó una experiencia tan nutritiva para el análisis, como diversa de sensaciones y a partir de ellas, surgió esta reflexión que me dispongo a compartir en este momento.
Ni bien abrió sus puertas el primer negocio, ingresé al mismo, entusiasmado con la posibilidad de disponer para mí solo de toda la atención y dedicación de los vendedores, ya que la zona adquiere su ritmo real unas horas más tarde.
Al notar mi presencia, los vendedores presentes se miraron entre sí tratando de determinar a quien de ellos le tocaba en suerte, proceder a atenderme. Obviamente no lo hicieron como quienes se disponen a determinar el ganador de un premio, sino muy por el contrario, se trataba de ver quien se resignaba voluntariamente a protagonizar la desafortunada primera experiencia del día, en un momento en el que habitualmente tienen la suerte de estar tranquilos sin que nadie los moleste.
Inmediatamente recordé algo que alguna vez escuché en los caminos de la venta que llevo recorridos, en la voz de un vendedor:
“Este trabajo sería fantástico si no fuera por los clientes”.
El vendedor, un señor que aparentaba años en la profesión, se me acercó cansinamente, me miró y en un casi imperceptible tono somnoliento me dijo:
– ¿Mse?
A lo que respondí,
– ¡Buenos días!
Enfatizando el saludo para poner por los dos, la energía necesaria en una expresión que debe generar el ánimo necesario y conveniente de confianza para recorrer el proceso que me llevaría a adquirir, tal vez, el regalo para mi amada niña.
Después de mi saludo, sólo hubo una mirada inquisidora en los ojos del vendedor, que calculo intentaba hacerme saber la obvia necesidad de que le explicitara la razón por la cual había ingresado al local.
Ante ese vacío verbal que se produjo después de mi saludo, dándome por enterado de su intención, le dije:
– Estoy buscando una guitarra. Criolla.
El vendedor giró su cabeza unos pocos grados y miró a su derecha mientras me decía:
– Allí.
Miré en la dirección que me insinuaba y efectivamente vi guitarras.
Debo a esta altura del relato hacer una confesión. No tengo la más mínima idea acerca de guitarras ni de música. Mi conocimiento se limita a diferenciar ese instrumento de, por ejemplo, un piano, no mucho más. A decir verdad, también sé que las hay eléctricas y que también están las que no se enchufan en ningún lado; sé que hay más grandes y más pequeñas; también sé que tienen seis cuerdas, clavijas, una caja hueca con un agujero y poco más.
Igualmente, más allá de la sensación de ceguera que experimentaba al haberme hecho responsable de comprar una guitarra sin saber demasiado sobre el tema, me aliviaba saber que estaba en una zona plagada de vendedores especialistas que me iban a ayudar a cumplir mi cometido y así lograr el éxtasis en los ojos de Zoe.
Vuelvo al local. Como dije anteriormente al dirigir mi mirada en la dirección insinuada, vi guitarras. No una ni cinco. Había allí no menos de cincuenta guitarras diferentes.
Espantado por la diversidad y mi incapacidad de discernir, me dispuse a ampliar la información al profesional que me estaba atendiendo.
– Le cuento, le dije. Estoy buscando una guitarra para mi hija y no tengo en claro cuál sería conveniente regalarle. ¿Podría usted sugerirme alguna?
El vendedor, mirando a la nada e imaginando el resto del largo día, puso cara de “bueno, hoy va a ser un día complicado”, y comenzó a guiarme.
Fue hasta la primera guitarra de la hilera, la señaló y me dijo:
– Tenés ésta.
Luego agregó, refiriéndose a la siguiente:
– También puede ser ésta.
Y así continuó sucesivamente con tres o cuatro guitarras más.
Claro, ya estaba solucionado mi problema. Tenía ahora que elegir entre cinco guitarras que a mis ojos no tenían más diferencias que la que puedo detectar entre una tortuga macho y una hembra.
Como era la primera experiencia del día, puse cara de analista tratando de diagnosticar preferencias y me excusé diciendo.
– Bueno, voy a analizarlo mejor y vuelvo en otro momento. Muchas gracias
Y me fui a buscar otra opción.
Salí del local e ingresé al negocio contiguo, de similares características.
Allí me encontré con un solo vendedor que se encontraba hablando por teléfono. Debe estar haciendo negocios, me dije, y empáticamente me dispuse a esperar que cerrara su acuerdo.
A los diez minutos y después de escuchar que la conversación giraba en torno a si Riquelme debía jugar o no en la selección, le hice un ademán de impaciencia, tratando que me asignara algo de importancia.
El sujeto en cuestión, un joven “Rolinga”, cortó la comunicación mientras me miraba con una expresión que graficaba su pensamiento, que sería algo así como “qué desubicado este tipo, no ve que estoy hablando”.
Éste ni me dedicó ni un sonido de bienvenida, sólo me miro inquisitivamente, con la intención de que le justificara con una muy buena razón, por qué le había interrumpido su trascendente juego dialéctico.
Me armé de resignada paciencia y nuevamente comencé.
– ¡Buenos días! Estoy buscando una guitarra criolla para mi hija.
Este vendedor aplicó una técnica diferente que el anterior. Me miró con cara de “la tengo muuuuuuy clara” y me guió por una nueva galería interminable de guitarras, pero sólo por la sección “guitarras baratas para hijas caprichosas sin dotes artísticas que dos días después del domingo del día del niño habrán abandonado para siempre la guitarra en el olvido para seguir chateando pavadas en Internet”.
Tenés ésta de $130, ésta de $140 y así hasta una de $200.
Imagino que este buen Proyecto profesional, hubiera reaccionado de manera diferente, si en lugar de un cuarentón de traje, hubiera ingresado Steve Vai, Luis Salinas, o los émulos locales de Jimmy Hendrix o Stevie Ray Vaughn.
Pero no, en esta ocasión sólo era un padre vestido de traje buscando una guitarra criolla para su hija, y ese no era motivo suficiente para que se dignara a desplegar ante mí, su contenido e inconmensurable talento comercial.
Tres segundo después y habiendo esgrimido una excusa similar a la anterior, estaba nuevamente en la calle, buscando donde comprar la guitarra que hiciera brillar de emoción, los ojos de mi hija.
Para no aburrir al lector que aún me acompañe, resumo las siete experiencias siguientes en una casuística que en ningún caso desbordó las experiencias relatadas, aunque cada una tuvo su toque particular, ninguno digno de recordar con gratitud.
Así me encontré varias horas después, parado en medio de la zona de la música, más desorientado que al comienzo de la travesía, habiendo sólo logrado cambiar ignorancia y entusiasmo, por confusión y desaliento.
Cuando comenzaba a jugar resignado con la posibilidad de cambiar el regalo, reemplazando la guitarra y su mística, por algún juego para la Wii, casi sin quererlo, me topé con la “Antigua Casa Núñez”. Una casa que a simple vista parecía más una sobreviviente del pasado, recorriendo los últimos pasos de vida, antes de ser reemplazada por un nuevo y moderno local, uno de esos que seguramente se llamaría algo así como “Bloody guitars” o “Devils of rock”.
Curioso me decidí a ingresar no con muchas expectativas.
Recorrí el lugar, plagado de instrumentos con alma, de esos en cuya manufactura aún puede adivinarse la mano de un añoso luthier, mezclando además de maderas, sonidos, sueños, arte, magia y sentimientos.
Al llegar al final de local, ya embriagado por los espíritus de quienes adivinaba presentes, como Don Atahualpa, el maestro Salinas, mi amigo Castagnolo, Cacho Tirao y algunos otros que de poder elegir, seguramente se encontrarían allí, entre esas y no otras guitarras, me encontré con un vendedor que acariciaba suavemente una guitarra con un paño amarillo, devolviéndole el brillo que el hollín de los vehículos de la calle le disputaban cada día.
El señor, al verme, detuvo de inmediato sus caricias y, aleluya, me saludó.
– ¡Buenos días señor! ¿En qué puedo ayudarlo?
– Buenos días, ando buscando una guitarra para regalarle a mi hija.
Le dije.
El vendedor posó el instrumento en un pié, como quien acuesta a su bebé recién dormido en la cuna y se dispuso a atender mi requerimiento.
– Cuénteme señor, cómo es su hija. ¿Cuántos años tiene? ¿Es alta? ¿Sabe tocar? ¿Le gusta la música? Cuénteme cómo es ella y para que quiere una guitarra, así puedo ayudarlo.
Sorprendido por las preguntas y entusiasmado, tanto por el interés que me demostraba, como por la posibilidad de contarle las bellezas que contiene mi hija, le conté de ella.
Él me escuchó muy atentamente, mirándome y mirando a través de mi relato, para ver todo lo que yo quería encontrar en la guitarra que buscaba.
Cuando terminé mi descripción, le dedicó un espacio a pensar en cual sería la guitarra adecuada para mi hija y se retiró a buscar una. A los pocos segundos volvió con una guitarra en sus manos, la afinó delante de mí y cuando hubo encontrado la tensión justa para cada cuerda, tocó.
Definitivamente no hacían falta en ese momento palabras. La música presentó a la guitarra y me convenció casi de inmediato que sus sonidos tenían un solo destino posible. Los oídos de Zoe.
Después, mientras tocaba, menos intensamente, acompañó los sonidos con las explicaciones y la paciencia necesarias para satisfacer todas mis dudas y curiosidades. Luego de haber fijado claramente el valor, me habló del precio y de las condiciones de pago, la garantía y un bono de regalo para tomar cuatro clases gratis con un profesor.
La guitarra ya era mía, sólo restaban las formalidades.
Lo saludé agradecido por haberme ayudado en mi oscuridad y en ese momento me prometí registrar la experiencia para rendir un homenaje a un vendedor de la Antigua Casa Núñez, un verdadero concertista de la venta llamado Jorge Cabrera.

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