El ciclo de la coherencia

Es increíble como cambia el significado de las cosas cuando las miramos en una perspectiva de más largo plazo.

En un análisis puntual, no es tan complejo lograr cierta consistencia entre lo que alguien enuncia discursivamente y lo que después hace en concreto.

De alguna manera se trata de ordenar conceptos y acciones para que no desentonen, formando acordes que suenen adecuados para las exigencias del momento.

Algunas de las conductas de muchas personas e instituciones en determinados momentos históricos, fueron entendibles de acuerdo a lo que era conveniente en ese momento, pero fueron difíciles de explicar o justificar cuando, habiendo pasado ese momento, el análisis se hizo en otro contexto diferente.

Revisando publicaciones de los años negros de la historia argentina reciente, transcurridos entre el 76 y el 83, pude ver como muchas, pero muchas nobles instituciones, prestigiosas empresas e insignes personalidades de nuestro medio, se codeaban orgullosas con el poder de turno, el mismo que en simultáneo estaba perpetrando algunas de las acciones contra la humanidad más atroces de las que tengamos recuerdo.

Pero claro, en ese momento esas personas e instituciones representaban el poder, ilegítimo por cierto, pero poder al fin y ante ello, se adoptaron diversas posiciones que derivaron también en diversas consecuencias por aquellos días, convenientes para algunos y terribles para otros.

Analizando esa fotografía, uno podría entender muchas cosas, pero claro, la vida no es una fotografía, es una película infinita donde todo queda registrado y donde cada acto se integra en un todo que busca su sentido justamente en la integridad.

Integridad, qué palabra oportuna se ha hecho presente.

Así es como cuando uno sigue mirando la historia en su recorrido temporal, comienza a observar contradicciones y ambigüedades difíciles de sortear e interpretar, porque esas mismas instituciones, empresas y personas, siguieron haciéndose presentes en los escenarios futuros y muchas veces lo hicieron con la ingenua intención de ser interpretados a partir de un “barajar y dar de nuevo”, como haciendo un pacto tácito con el público que observa, determinando unilateralmente la complicidad de los otros.

Afortunadamente eso no es siempre tan sencillo, ni siquiera con una sociedad como la argentina, que adolece una dificultad crónica en su memoria, que le hace caer una y otra vez en los mismos errores.

Sin embargo, no siempre es posible zafar de las conexiones con el pasado, y el público poco a poco, va construyendo un significado más coherente detrás de los logos, detrás de los títulos o de los nombres, que tiene que ver con la película toda y no con una u otra foto.

Claro que todos estamos expuestos a cometer errores, nadie puede tirar la primera piedra en este terreno, pero en caso de haberlos cometido, uno debiera ahora actuar de manera consecuente y no haciendo como si nada, como si aquello no hubiera pasado, como si las responsabilidades hubieran prescripto caprichosamente.

A partir de esta experiencia que acabo de compartir, surge inevitablemente la analogía con las empresas y sus empleados.

Veamos donde se produce la conexión.

Recordemos un momento reciente de la Argentina. Año 2007 por ejemplo. Los números de la economía galopando a paso firme lejos de las rojas cifras del 2001 y años subsiguientes.

Los mercados estaban hambrientos y demandaban a sus proveedores que les proveyeran los productos y servicios que deseaban adquirir.

El problema por esos días no era movilizar la demanda, sino poder activar la producción para disponer de los stocks necesarios para que no se perdieran las abundantes oportunidades existentes.

En ese contexto, en general a la gran mayoría de las empresas les iba bien y para funcionar resultaba clave contar con el personal que motorizara cada sector para lograr el funcionamiento adecuado y competitivamente ventajoso. Las empresas a través de sus gerencias de recursos humanos, intentaban captar la mayor y mejor mano de obra disponible.

Pero claro, en ese contexto, la mano de obra se tornó esquiva y caprichosa. Habiendo tantas oportunidades, los profesionales se tornaron de repente exigentes y pudiendo elegir entre tantos pretendientes, pues se daban el postergado gusto de elegir intentando satisfacer todas sus expectativas. Así apareció un nuevo problema, complejo y difícil, que demandó en los responsables de las organizaciones una aplicación inédita de energía para intentar solucionarlo: la detección, captación y retención de talento.

La mejores y más consistentes herramientas que se desarrollaron por esos días tenían que ver con la consolidación de un liderazgo consistente que generara en la población interna una alta motivación, un especial clima interno y un sentido de pertenencia profundo.

Ya se sabe que el dinero como medio para lograr el objetivo planteado, sólo actúa de manera muy fugaz y muy poco efectiva en la gran mayoría de los mortales, siendo, eso sí, especialmente valorada por los trabajadores mercenarios, que por la misma razón que acudirían a nuestro llamado, nos abandonarían poco tiempo después sin ningún tipo de remordimiento, sin importarles las circunstancias e implicancias de su abandono.

Las empresas invirtieron muchos recursos para lograr posicionarse de esa manera. Cursos de liderazgo y motivación para todo el mundo, premios, compensaciones, convenciones ostentosas, sonrisas, abrazos, tolerancia y paciencia, solidaridad y compromiso. Una utopía hecha realidad.

Ahora bien, en octubre del 2008, se cayó el sistema global, la demanda se retrajo, los números se hicieron rojos, los stocks comenzaron a acumularse y la venta se transformó en una maratón diaria contra la aletargada, estática, asustada y conservadora decisión de compra.

En ese mes, octubre de 2008, no fueron pocos los clientes que les dijeron a sus proveedores: “Querido amigo, felices fiestas y felices vacaciones, nos vemos en marzo y entonces veremos cómo viene la mano”. Haciendo una cuenta sencilla, esto significaba que entre octubre y marzo del año siguiente, no había nada que hacer. 6 muy largos meses en blanco, en los cuales los costos seguirían tan activos como siempre, inmunes a estas circunstancias.

Esta era la oportunidad de demostrar que todo lo enunciado poco tiempo antes, en la época de vacas gordas, era cierto y no un mero discurso oportunista. Había que poner en juego la creatividad y el valor necesario para generar las alternativas que les permitieran sortear la tormenta sin sacrificar ni a la gente, ni a las convicciones.

Obviamente, en esta época de vacas flacas, las ganancias se reducirían, pero probablemente en una perspectiva que abarcara ambos periodos, el saldo seguiría siendo positivo.

Aquí es donde se cierra el ciclo de la coherencia.

Algunas empresas están bancando el momento con ingenio, con sacrificio, con compromiso y son las que miran a su gente y les dicen con una convincente e inapelable honestidad: “de ésta vamos a salir, y vamos a salir juntos, todos”.

Otras, ni bien apareció la primera nube en el cielo, reinstalaron el famoso downsizing, la elegante denominación capitalista que se le da al acto de tirar colaboradores por la borda, porque una ola salpicó la cubierta y el capitán entró en pánico de naufragar.

Nuevamente la gente, como tantas veces antes, es la variable de ajuste a la que primero se le echa el guante. Es más fácil esto que tratar de encontrar caminos innovadores, es menos arriesgado para el propio pellejo, es también obediencia debida.

Me viene a la memoria el nombre del quizás más venerado manager del siglo XX, el gran Jack Welch. Definitivamente este prohombre es uno de los más geniales ejecutivos que hayamos conocido en la historia reciente. Sin dudas acumuló suficientes pergaminos con su gestión como para considerarlo merecedor de tan abrumadora devoción. Veamos algunos datos:

A los cuarenta y cinco años fue el manager más joven de la historia de la compañía General Electric, la misma que un siglo antes había fundado el genial y prolífico inventor, Thomas Alva Edison.

En la década del ochenta salvó a la compañía de una casi segura quiebra hacia la que aparentemente se encaminaba, reestructurándola radicalmente.

En veinte años logró quintuplicar la facturación, llevándola de u$s26.000 millones en 1981, a u$s 130.000 millones en el 2001.

Hoy, su prestigio y logros le permiten gozar de un plan de retiro que le reporta u$s 8 millones al año.

¿Quien podría discutir sus merecimientos con estos antecedentes?

Sólo un detalle me llama la atención. El gran jack dispuso el despido de más de 110.000 empleados en cinco años.

A ver si puedo graficarlo mejor: más de 1.800 personas volvieron cada uno de los meses de esos largos cinco años a sus hogares  con un telegrama en la mano, para contarles a sus familias que estaban siendo parte de la gran obra del genial Jack, pero claro, a ellos les tocó la parte del sacrificio, del downsizing.

No quiero poner en duda la gestión de don Welch, no hoy, pero si me permito hacerme algunas preguntas.

¿Se hizo todo lo necesario para tratar de preservar a esa gente?

¿Estamos seguros que la elegida fue la mejor alternativa posible?

¿No habían otras alternativas posibles?

¿Cuánta gente podría haberse salvado del despido si en lugar de quintuplicar la facturación, hubieran apuntado a un crecimiento consistente y ambicioso, digamos del 20% anual?

Bueno, alguien puede decir, está bien, una parte de la gente quedó fuera, pero ¡se quintuplicó la facturación!

Ok, para todos aquellos que están de acuerdo con el hecho que el fin justifica los medios, puede ser.

Una pregunta más. ¿Cómo habrá afectado lo sucedido en esos años al vínculo de los sobrevivientes con la empresa, cuál sería el estado de su motivación, de su pertenencia, de su confianza de cara al futuro?

La verdad es que a esta altura me siento como Galileo diciéndole al mundo que la tierra no es el centro del universo, temiendo similares consideraciones hacia mi persona, pero la verdad es que más allá de sus logros cuantitativos, este señor Welch, no me cae nada bien, no representa en nada el modelo de liderazgo en el que creo y además también creo que forma parte de la marea que terminó arrasando todo como un tsunami hace pocos meses.

Este no pretende ser un tratado de ética, pero si un llamado de atención porque cuando esta crisis pase, y seguramente como todo en la vida, algún día pasará, vendrán nuevas épocas de vacas gordas y en ese momento todos intentaremos reciclar el modelo de captación y retención oportuno, pero no todos obtendremos los mismos resultados, porque aunque lentamente, la gente va a aprendiendo, va perdiendo su ingenuidad y recordará estos días y nos lo hará saber con sus decisiones.

Causa y efecto, acción y reacción.

Que cada uno haga lo que quiera o lo que crea conveniente, pero que también cada uno se haga cargo de las consecuencias de sus actos, honrando el inefable ciclo de la coherencia.

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