Ayer nomás

Ayer nomás escribía “Bienvenida crisis”. Ayer; sin embargo hoy, a poco de aquella erupción de optimismo, mi fe es puesta a prueba otra vez.

Y van…

Estaba por entonces digiriendo las consecuencias de un capitalismo irresponsable que sumergía al mundo en un nuevo esquema de significados acerca de lo correcto y lo no tanto, que nos puso a todos en la obligación de reescribir las teorías que le darían sustento a nuestras acciones.

Nos encontramos todos desnudos de soportes intelectuales frente a la ineludible circunstancia de pensar en nuestro rol frente las posibilidades escasas e inéditas que nos ofrecía el entorno borroso.

En ese momento, sintiendo la sensación ingrávida de una nueva crisis atentando contra nuestra siempre endeble estabilidad, pensé que habiendo tocado fondo el sistema imperante, cada uno de nosotros debía interpretar su propia existencia como una oportunidad de marcar la diferencia, de emerger valerosos por sobre la dificultad para enaltecer el valor del espíritu humano que contra todo, siempre intenta germinar y crecer.

Claro, habiendo regresado a salvo de una traumática experiencia en la alta montaña mendocina que privó de revanchas a seis andinistas que intentaban demostrar el triunfo del hombre sobre la adversidad de la naturaleza y de sus propios temores y debilidades, pensaba que la crisis global no era más que una cancha de juego donde en realidad se estaba jugando un partido menos trágico, menos extremo, menos acotado en posibilidades.

Así, inspirado en la naturaleza recorrida, surgió en la memoria, la anécdota de los chicos uruguayos siniestrados en la cordillera y su posición estremecedora y aleccionadora de buscar por sí la salida a una situación sin salida ni ayuda.

Hoy, cuando llueve sobre mojado, descubro una vez más la ingenuidad de haber creído que ése era el fondo, cuando en realidad no era tal,  y que lo malo, aún siendo terrible, puede empeorar.

La anécdota de los jóvenes rugbiers me sigue iluminando hoy, pero el momento inspirador migra y se sitúa en otro de los hechos que tuvieron que  vivir aquellos inconcientes maestros de las generaciones venideras.

A los pocos días de caer el Fairchild de la fuerza aérea uruguaya y cuando de alguna manera se empezaba a organizar la sobrevivencia de los afortunados que no murieron en el impacto inicial, en medio de una noche eterna, de las muchas noches interminables que vivieron en aquel infierno de nieve y soledad, el destino tuvo un capricho y decidió que no era suficiente lo sucedido.

Lo peor no había pasado. Un alud de nieve se desprendió de la insensible ladera de la montaña y con maldita precisión se ensañó con alevosía sobre los restos de la nave y sus dolientes huéspedes para asestar el golpe de gracia.

Entre que éramos pocos, parió la abuela, reza el decir popular, disfrazando con el siempre conveniente humor, la saturación de desgracia.

¿Ahora sí estaban tocando fondo? ¿Qué más podía pasarles?

Lejos de exterminar las escasas fuerzas remanentes, quizás haya sido el impulso que faltaba para desencadenar el  milagro.

Volviendo a nuestra actual aventura de supervivencia, sobre la crisis global, sobre la crisis institucional local, sobre el dengue y las vicisitudes cotidianas, nunca sencillas, nos llega la inédita gripe A N1H1.

Paranoia, cuidados, pánico, reservas, reacciones primitivas, cautela, desinformación, confusión, parálisis, aislamiento, miedo. Otra vez sopa.

No sé si me surge la misma benevolente expresión de bienvenida a la crisis, pero a poco de reflexionar, vuelvo a intentar el émulo de aquella epopeya y me digo a mi mismo otra vez.

¿Y ahora?

Y ahora, como tantas veces antes y como seguramente tantas otras mañana, me quedan las excluyentes alternativas de, o bien lamentarme por el libreto que la causalidad me asignó, divorciado y alejado de mis deseos, o bien aceptar el itinerario propuesto por el destino y tratar a partir de desplegar mi temple y mi habilidad, de salir adelante y no dejar que el afuera se coma mi apetitoso adentro.

Más difícil se presenta la mano, más creatividad será necesaria para jugarla. Más profundo el desafío, más grande la necesidad de hacer algo diferente, porque de nuevo lo que está en juego es la calidad de mi propia existencia, y eso sí es algo por lo que vale la pena jugarse.

Imaginar las alternativas cuando otros se quedan inmóviles en el lamento, inspirarme en la dificultad para inventar opciones cuando pocos se atreven, moverme más rápido, con mayor celeridad, con mayor precisión, porque en este preciso instante vuelve a ponerse a prueba la diferencia pretendida entre la reacción y la proacción, ante la mirada incrédula y desalentadora de quienes no intentarán nada hasta que la tormenta pase.

Y cierto es que la tormenta pasará, y cuando pase se verá el lugar que cada uno se ha ganado.

Pasó la paz, pasó la serenidad, también pasará la tormenta y la noche, y cuando la página siguiente se presente blanca para ser escrita con la historia de los protagonistas de turno, quiero ocupar el espacio con mi párrafo describiendo el intento, el capítulo personal que dará testimonio de una búsqueda que, más allá de su destino final, honrará las capacidades y las actitudes que me fueron dadas en consignación, para honrar la vida y el rol que ocupo en este aquelarre de significantes que debo interpretar.

La imaginación era más importante que el conocimiento para el genial Einstein y también lo será para todos aquellos que se atrevan a ver más allá de la dificultad.

Las respuestas siempre son la consecuencia de una pregunta previa y el secreto de este momento seguramente resida subyacente en la interpretación de la pregunta que nos está haciendo la vida a cada uno de nosotros.

Ayer nomás le daba la bienvenida a la crisis y hoy no puedo más que confirmar el enunciado, redescubriéndome en mi propio hacer innovador, que corresponde biunívocamente con mi itinerante ser inquieto.

Ni un segundo más pienso gastar en el estéril cuestionamiento del por qué, ya que cada una de las porciones de mi existencia pienso gastarla en el intento de un nuevo hacer.

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